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Responsabilidad Compartida

Ana María León Martín

a group of people holding plants in their hands
a group of people holding plants in their hands

Durante estas últimas semanas, desgraciadamente, las noticias han vuelto a estar marcadas por los asesinatos de mujeres por violencia de género. Una realidad que duele, que sacude y que debería obligarnos a detenernos, no solo a mirar, sino a comprender.


Estamos en pleno siglo XXI, y la pregunta no es solo qué está pasando, sino qué no estamos haciendo. Qué está fallando para que, como sociedad, sigamos respondiendo desde la violencia extrema, desde el abuso de poder, desde la deshumanización más profunda y terrible como la de arrebatarle la vida a otro ser humano.


Lejos de buscar culpables individuales, quizá sea momento de asumir una responsabilidad compartida. No desde la culpa, sino desde la conciencia. Porque lo que hoy vemos en su forma más devastadora no aparece de la nada, se va construyendo, poco a poco, en lo cotidiano, en lo que se permite, en lo que se calla, en lo que no se nombra, en el silencio.


La educación emocional no es un complemento, es una base. La empatía, la asertividad y el respeto no son conceptos teóricos, son aprendizajes que deben vivirse desde la infancia.

Enseñar a un niño/a a identificar lo que siente, a tolerar la frustración, a relacionarse sin dominar ni someter, es una forma directa de prevenir la violencia futura.

Pero, ¿desde dónde hacemos esto? ¿Quién debe hacerlo? ¿Los colegios? ¿Las familias? ¿El entorno social?


La realidad es que no podemos delegar algo tan esencial. No podemos exigir a la infancia lo que los adultos no somos capaces de sostener. Educar no es solo decir, es mostrar, ser ejemplo. Es en la manera en la que resolvemos nuestros conflictos, en cómo hablamos del otro, en cómo ponemos límites sin dañar, donde verdaderamente enseñamos.


Silenciar lo que incomoda no protege, termina agravando el problema. Evitar hablar de lo que duele no lo hace desaparecer. Necesitamos generar espacios donde lo difícil pueda ser nombrado, comprendido y acompañado, especialmente en las primeras etapas de la vida.


Cuando un niño crece entendiendo que el respeto no se impone, sino que se construye, que nadie está por encima de nadie, que el dolor no se descarga en el otro… estamos sembrando algo distinto.
Y quizá ahí esté el verdadero cambio.


La violencia más extrema no empieza con un golpe. Empieza mucho antes, en todo lo que fuimos dejando pasar.

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