Propósitos sin culpa
Ana María León Martín
¿Cuántos de vosotros no os habéis planteado, al comenzar el año, hacer una lista de propósitos? Ya sean mentales o escritos, casi siempre con la intención de alcanzar cierto estado de bienestar y/o felicidad.
A menudo nos apoyamos en la falsa idea de que, si tenemos programada una lista de actividades u objetivos, nos sentiremos mejor con nosotros mismos; como si cumplirlos fuera sinónimo directo de bienestar. Pensamos que así lograremos sentirnos bien. Pero, ¿qué hay realmente detrás de esto? ¿Qué ocurre cuando no conseguimos cumplir con esa lista de propósitos personales? Cuando creemos que todo depende únicamente de nosotros y nos aferramos a refranes populares como “querer es poder”, pero aun así no lo logramos. El resultado suele ser una frustración mayor que la que ya existía al comenzar el año, acompañada de culpa, sensación de fracaso y, finalmente, el abandono: “tirar la toalla”.
Y es que, a veces, no solo es cuestión de querer. A veces se trata de poder, y no siempre se puede. Como seres humanos, tenemos la responsabilidad de atender nuestro mundo emocional y de darle el espacio que necesita. Cuando esto no ocurre, difícilmente podremos marcarnos propósitos ajustados a lo que realmente necesitamos. Resulta muy complicado mirar hacia dentro cuando vivimos en una sociedad que prioriza lo externo, lo rápido, lo efímero, el deseo inmediato, por encima de la necesidad profunda y real.
Si nos permitimos escucharnos, si nos damos permiso para detenernos, “dejarnos caer”, y logramos conectar con la información valiosa que nos ofrecen nuestras emociones, se abre una gran oportunidad para plantearnos propósitos verdaderamente orientados a nuestro bienestar. Permitirse estar más desganados en ciertos momentos, reconocer la falta de motivación, poner límites a determinadas personas o situaciones sin juzgarnos ni castigarnos, forma parte de ese proceso. Simplemente permitirnos ser, tratarnos con compasión y con cariño, es lo que nos acerca a comprender qué es lo que de verdad necesitamos.
Quizá el verdadero propósito no sea hacer más, cambiar más o exigirse más, sino aprender a escucharse mejor. Cuando los objetivos nacen de una conexión honesta con nuestro mundo interno y no de la presión externa o la autoexigencia, dejan de convertirse en una carga y pasan a ser una guía. El bienestar no se construye desde la obligación, sino desde la comprensión y el respeto hacia nuestros propios ritmos. Ahí es donde los propósitos dejan de frustrar y empiezan a cuidar.
Feliz año 2026.
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