“No se enteran”… o sí
Miguel Alberdi Fernández
2/2/2026
Durante mucho tiempo hemos retenido la idea de que los bebés “no se enteran”. Que mientras no hablen, no comprendan o no recuerden, lo que ocurre a su alrededor no les afecta. Desde ahí, muchas situaciones cotidianas se viven sin demasiada reflexión como discutir delante de ellos, levantar la voz, vivir en un clima de tensión o estrés continuo. Y, sin embargo, la ciencia ha demostrado que aunque el bebé no recuerde, sí se está construyendo. No una memoria, sino algo más profundo. El sentido de quienes somos, se forma antes de las palabras y de los recuerdos. En los primeros años de vida no se desarrolla todavía el pensamiento reflexivo ni la memoria consciente. El bebé no puede contar lo que vive ni entenderlo con palabras. Pero sí se está formando lo que algunos autores, como el psicólogo Mario Salvador, llaman el yo nuclear, la experiencia más básica de uno mismo. Ese yo no piensa, siente. No razona, percibe. No recuerda, incorpora. Es la base desde la que una persona, sentirá si el mundo es seguro o amenazante, si puede relajarse o necesita estar en alerta, si merece ser escuchada o debe adaptarse en silencio.
Cuando se discute delante de un bebé, cuando se levanta la voz de forma habitual, cuando el trato es brusco o impaciente, su sistema nervioso recibe un mensaje muy claro, aunque no sea verbal, aquí no hay calma. No lo registra como un recuerdo, sino como una sensación interna que se repite. No es una memoria a la que se pueda acceder conscientemente, pero sí influye en cómo una persona se regula emocionalmente más adelante. Un bebé que crece en un ambiente donde predominan los gritos, la tensión o la desconexión emocional aprende una forma de estar, aprender a tensarse, a adaptarse, a no pedir demasiado o a mantenerse alerta. Ese aprendizaje no desaparece con el tiempo, se convierte en la base desde la que se organiza su experiencia del mundo. La neurociencia ha demostrado que el estado emocional del adulto se transmite al bebé. El sistema nervioso infantil no se regula solo, se regula en relación, pero no tanto en lo que decimos, sino en cómo estamos. A menudo los adultos pensamos que basta con hablar bien a los niños, pero el bebé capta mucho más que las palabras. Capta si hay coherencia entre lo que decimos y cómo lo decimos, en si estamos presentes o ausentes, calmados o desbordados, en cómo le miramos y el estado emocional desde el que interactuamos.
Con esta reflexión no se pretende generar culpa. Ningún adulto está disponible todo el tiempo ni gestiona siempre bien sus emociones. Discutir, cansarse o perder la calma forma parte de la vida. La diferencia está en la consciencia. Ser conscientes de que, aunque no lo recuerden, los bebés sí incorporan el clima emocional en el que viven. Ser conscientes de que los niños/as no se rompen por casualidad, sino por la ausencia de conciencia y responsabilidad.
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