¿Le hablarías así a otro adulto?

Miguel Alberdi Fernández

“Que no, que así no…” “Déjalo, ya lo hago yo,que así tardamos el doble .” “¿Ves? Si es que al final pasa lo de siempre.”“¿Pero no ves por dónde vas?” “Siempre tengo que estar detrás de ti…”“De verdad, concéntrate un poco, que no es tan difícil.”

Son frases que aparecen en muchas casas casi sin darnos cuenta. No suenan especialmente graves. De hecho, están normalizadas. En casa, al salir con prisa. En la mesa, cuando se enfría la comida. En los deberes, cuando la paciencia empieza a agotarse.

No hace falta gritar. A veces basta el gesto, el suspiro, la forma de mirar. Y, sin embargo, hay algo que llama la atención, ese mismo adulto que cuida el tono con otras personas —en el trabajo, con un vecino, incluso con un desconocido— lo pierde con más facilidad precisamente con quien más depende de él. Por eso con otros adultos, ese tipo de reacción suele frenarse. Hay normas, hay reciprocidad, hay una cierta conciencia del impacto. Con un niño/a, no ocurre lo mismo. La relación es asimétrica, el vínculo está garantizado, y eso permite que aparezcan formas más descuidadas sin que necesariamente seamos conscientes de ello. El niño es alguien que necesita del otro y que no tiene todavía herramientas para relativizar lo que recibe. Por eso, para el niño puede convertirse en una experiencia significativa. Cuando escucha “déjalo, ya lo hago yo”, recibe un mensaje implícito: “no confío en que puedas hacerlo”.

El desarrollo emocional no se construye solo en grandes momentos, sino en la repetición de pequeñas escenas como estas. Escenas donde el adulto, muchas veces sin darse cuenta, responde más desde su estado interno que desde la necesidad real del niño. El cansancio, la prisa, la acumulación de tareas… todo eso pesa. Pero hay algo que pesa aun más, la dificultad para sostener la imperfección, el error, el ritmo lento del aprendizaje. El niño tarda, repite, se equivoca. Y ese proceso aunque normal y necesario, entra en conflicto con un entorno que valora la rapidez, la eficacia y el control. Esto se relaciona con cómo hemos aprendido a relacionarnos con el error desde nuestra experiencia. Como nos trataron cuando nosotros no llegábamos, cuando nos equivocábamos, cuando necesitábamos más tiempo del esperado.

Es fundamental señalar que antes de entender las palabras, el niño siente la forma en el que le llegan. Antes de poder pensar “esto no va conmigo”, recibe el impacto emocional de cómo se le habla. Y esa experiencia, repetida, va construyendo algo realmente significante, la manera en que se va a tratar a sí mismo. Porque educar no es solo acompañar el desarrollo de un niño. Es también, hacerse cargo del lugar desde el que uno responde. Y a veces, en medio de la prisa, del cansancio y de lo cotidiano, esa puede ser la parte más difícil pero la más importante. No se trata de no perder nunca la paciencia. Eso no es realista, se trata de reconocer qué ocurre cuando la perdemos:

¿Reconocemos ese tono como algo propio, o lo justificamos como parte de educar?
¿Estamos corrigiendo una conducta… o descargando una tensión?
¿Ese niño se siente acompañado cuando se equivoca, o evaluado?

Cuando ese niño, dentro de unos años, se hable a sí mismo al cometer un error,
¿a quién se parecerá su voz?

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