LAS RAÍCES INVISIBLES DE CIUDAD REAL

Miguel Alberdi Fernández

Hay cosas que no heredamos porque alguien nos las enseñe. Las heredamos porque las vivimos una y otra vez, hasta que dejan de ser una costumbre y pasan a formar parte de nosotros. Quizá por eso agosto ocupa un lugar especial en el corazón de tantos ciudadrealeños. No importa cuántos años pasen ni cuántas veces la vida nos lleve lejos, hay algo en estos días que nos llama de vuelta. No siempre es la feria ni la Virgen. A veces es el recuerdo de una mesa llena, del bullicio de las peñas, de los gigantes y cabezudos, del sonido de la traca acercándose mientras la ciudad parece detenerse un instante.

La Virgen del Prado ocupa el centro de esta celebración desde hace siglos. Para muchas personas es una expresión significativa de su fe; para otras, es también un lugar de memoria, un símbolo que, con el tiempo, trascendió la creencia para convertirse en el idioma emocional de un pueblo.

Los que estuvieron antes no se fueron del todo. Dejaron algo que no tiene nombre, algo que solo se puede sentir. Dejaron una “manera”, “una forma” de vivir nuestras fiestas, y que convirtieron en tradición. Gestos que alguien inventó porque necesitaba que esos días fueran importante. Y esos gestos sobrevivieron, de unas manos a otras, sin que nadie firmara nada. Y, sin darse cuenta, dejaron un camino para quienes vendríamos después. Son ellos el suelo sobre el que caminamos hoy.

Y por eso a veces, en mitad de estas fiestas, sentimos algo que no es exactamente alegría; es gratitud, y también ausencia; la extraña sensación de que todo sigue en su sitio y, sin embargo, alguien importante falta. La feria continúa, la Virgen recorre de nuevo las calles, la música suena. Pero hay una silla vacía en la comida familiar, una voz que ya no canta la Salve, una mano que ahora “solo” vive en el recuerdo. Esa emoción rara vez tiene palabras, pero casi todos la hemos sentido alguna vez. Y es en ese instante, donde el tiempo parece plegarse sobre sí mismo, y los que se fueron, los que estamos y los que algún día vendrán ocupan el mismo espacio.

Vivimos deprisa, mirando siempre hacia lo siguiente. Sin embargo, estos días, nos detienen. Y en esa pausa, algo que estaba cerrado se abre un poco. Algo que estaba tenso, descansa. Algo que habíamos dejado de escuchar vuelve, despacio, a hacerse oír, no desde fuera, desde dentro, desde el sentir. Porque no hace falta creer en la Virgen del Prado, ni que te guste especialmente la feria, para que esto te toque. Basta con haber sido, alguna vez, ese niño o niña entre puestos, atracciones, conciertos y cohetes, de la mano de alguien.

Las raíces de un pueblo no la hacen los grandes gestos. La hace quien cada agosto preparaba el pisto para la familia y ya no está, y alguien sigue haciéndolo igual porque sabe que ahí hay algo más que ingredientes. Las raíces no nos atan al pasado; nos sostienen para seguir caminando. Y quizá esa sea la mayor herencia que puede recibir una ciudad; descubrir que, mientras haya alguien dispuesto a recordar, la raíz sigue viva, aunque no se vea.

Dedicado a mi abuelo. Porque cada vez que decía: «Miguelón... ¡viva la Virgen del Prado!», me estaba regalando, sin saberlo, un lugar al que volver toda la vida.

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