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¿Generación de Cristal?

Miguel Alberdi Fernández

macrophotography of cracked glass screen
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La llamada “generación de cristal” se ha convertido en una expresión habitual para describir a niños/as y adolescentes que parecen tener menos tolerancia a la frustración, más dificultad para gestionar el malestar o mayor sensibilidad emocional. Y, aunque a veces esa mirada se utiliza de forma despectiva, quizá conviene detenernos menos en juzgar y más en comprender qué está ocurriendo.

Es cierto que muchos niños hoy tienen más dificultades para sostener la espera, el límite o el aburrimiento. Pero esto no nace de una supuesta debilidad de las nuevas generaciones. Los niños no nacen más frágiles que antes. Lo que ha cambiado es el contexto emocional, social y educativo en el que crecen.

Durante años hemos pasado de modelos educativos muy autoritarios, donde el miedo y la obediencia tenían un peso central, a modelos que intentan cuidar más el mundo emocional de los hijos e hijas. El problema aparece cuando, con la intención de proteger, confundimos acompañar con evitar cualquier frustración. Muchos adultos, agotados o temerosos de dañar, terminan negociándolo todo o evitando poner límites por miedo a las reacciones de sus hijos e hijas . Y un niño que nunca atraviesa pequeñas frustraciones no desarrolla recursos para afrontar las inevitables dificultades de la vida. Pero tampoco la alternativa es volver a la “dureza” de antes.

A veces se sigue defendiendo que “un bofetón a tiempo” educa. Sin embargo, hoy sabemos mucho más sobre cómo funciona el cerebro infantil. Un niño no aprende mejor cuando siente miedo. Cuando recibe un grito humillante o una agresión, su sistema nervioso entra en alerta. En ese momento no está reflexionando sobre lo que hizo, está intentando recuperar la sensación de seguridad. Muchas veces, lo que parece obediencia es simplemente adaptación al miedo.

Y eso deja huella, aunque durante años haya sido normalizado. Algunas generaciones aprendieron a callar lo que sentían, a desconectarse de su vulnerabilidad para sobrevivir emocionalmente. El problema es que aquello que no puede expresarse no desaparece, suele transformarse en ansiedad, rabia, bloqueo emocional o dificultad para pedir ayuda y sumisión.

Quizá nos hemos polarizado. Entre la rigidez y la ausencia de límites. Entre el “porque lo digo yo” y el miedo a sostener un “no”. Pero los límites no son castigos, son una forma de cuidado. Un niño necesita adultos capaces de contener sin humillar, de validar lo que siente sin permitir cualquier conducta, de mantenerse firmes sin violencia.

Porque educar no consiste en controlar emociones, sino en enseñar a transitarlas.Y eso se aprende menos en los discursos y mucho más en el vínculo cotidiano. En cómo respondemos cuando nosotros mismos nos frustramos. En cómo reparamos después de equivocarnos. En cómo sostenemos el malestar sin descargarlo sobre quienes más dependen de nosotros.

¿Estamos ayudando a los niños a desarrollar recursos emocionales o solo intentando evitar que sufran? ¿Nuestros límites nacen de la consciencia o del cansancio y el miedo? ¿Qué aprendió nuestro propio niño interior sobre el afecto, el enfado y la seguridad… y cuánto de eso seguimos transmitiendo sin darnos cuenta?

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